“Sin Dios mi obra quedaría incompleta”
- José Saramago -
Caín (2009), la última novela de José Saramago, ha resultado ser una verdadera decepción literaria para mí. Me sorprendió de sobremanera que un escritor y pensador como Saramago, que realizó críticas muy inteligentes a muchos ámbitos de la cultura y fue el autor de grandes novelas como El evangelio según Jesucristo, Ensayo sobre la ceguera y Todos los nombres, pudiera llegar a escribir una novela tan malograda. Me explico.
Años atrás Saramago realizó una lectura distinta del Evangelio, una lectura que reflejaba la comprensión del hombre moderno del acontecimiento de la muerte de un hombre llamado Jesús de Nazaret que, según el cristianismo, es hijo de Dios. La genialidad del autor consistía en leer los evangelios como documentos históricos y colocar, entre los diversos huecos y vacíos de la historia, su comprensión de los hechos, al modo en que cualquier novela histórica está construida. Jugar con lo que ya está escrito para, de manera sutil, reescribirlo. De este modo, el autor se tomaba en serio la historia, pero la resignificaba (como también lo hizo Scorsese con La última tentación de Cristo del escritor Nikos Kazantzakis).
En Caín, sin embargo, no se presencia esa genialidad que distinguió a Saramago. El nobel no invita a realizar una nueva lectura de Caín como personaje bíblico. No nos lleva a una comprensión distinta, tal vez contemporánea, de aquellos relatos. Tampoco busca demostrar lo absurdo que son dichos relatos leídos como documentos históricos (eso se lo dejamos a Ranke-Heinemann). Simplemente arremete, en ocasiones de la manera más visceral, contra todo libro bíblico, todo personaje y, por supuesto, contra su más fiero enemigo: Dios. De hecho, en muchas ocasiones el texto se vuelve inverosímil, no por el tono sarcástico que lleva impresa toda la novela (que, por cierto, resulta de mal gusto comparado con un Mark Twain, quien también ejerció el sarcasmo y la ironía sobre los relatos bíblicos en sus Escritos irreverentes), sino por otros recursos literarios: sus inserciones en calidad de autor que rompen con la trama de la historia, la alteración de lo que ya estaba escrito sin tener el cuidado de introducirse para reescribirlo o el abrupto final que no lleva a nada. Aquí no se trata ya de insertarse en lo no dicho o lo que ha quedado sin aclarar, sino transgredir por el mero hecho de transgredir.
Lo único que Saramago parece reflejar en su última obra son sus más profundos rencores contra lo que él mismo sostiene es un Dios inexistente y un libro disparatado. Hay una furia absoluta hacia la Biblia leída desde la más plena literalidad. Efectivamente, Saramago afirmó que el error de sus lectores fue el de tratar de encontrar segundas lecturas en su novela cuando no las hay. Pues bien, creo que esto es precisamente lo que empobreció radicalmente su trabajo: la ausencia de una segunda lectura que permitiera encontrar fisuras en el relato, nuevas interpretaciones, aperturas de sentido. El exceso de literalidad, no sólo en la lectura de la Biblia, sino en su obra, mata el espíritu. Mientras que obras como Ensayo sobre la ceguera aleccionaban sobre la condición humana, Caín sólo busca pegarle a la religión (a veces muy desesperadamente). Si en El evangelio según Jesucristo el lector podía cuestionarse: ¿y si en realidad todo hubiera sido así? (lo cual, hasta cierto punto, no importaba definir, pues nada de lo que está escrito en la Biblia puede ser definido como verdadero o falso), en Caín no existe esta posibilidad. Lo repito: de principio a fin la novela me pareció brutalmente inverosímil.
Pero yendo más allá de una reseña o crítica literaria, la pregunta que me queda rondando por la cabeza es: ¿por qué Saramago, que afirmaba la no existencia ni la necesidad de creer en un Dios, ataca de esa forma un texto como la Biblia, considerada por él mismo como “el libro de los disparates”? Saramago llegó a afirmar sobre Caín: “Quería escribir sobre algo que sigue siendo para mí incomprensible y dado el comportamiento de Dios en una situación como esa, se repite a lo largo de la Biblia, la misma indiferencia y también la misma crueldad, es por eso que digo que Dios no es de fiar.” No obstante, si uno asume radicalmente la no existencia de Dios, como en más de una ocasión lo hizo el nobel portugués, no tiene sentido arremeter contra él. Si Dios no existe, entonces no tiene sentido atacarlo. Cosa distinta sería, en todo caso, criticar a aquellos que creen en él o a aquellos que hacen uso los textos bíblicos y de la supuesta palabra de Dios para manipular a los demás. Leer la Biblia literalmente y mezclar la ficción del autor, con un sarcasmo rencoroso, demerita profundamente la creación literaria. Es una lástima que los rencores de Saramago hayan podido cegar lo que, en principio, parecía ser una buena idea.
El caso de Saramago me lleva a reflexionar sobre la última (inútil) discusión que tuve con M, pues, en gran medida parecen repetir la misma crítica desde los mismos lineamientos. Me di cuenta de que alguien que posee como principio rector de toda crítica el atacar directamente la religión, resulta por completo imposible hacerle comprender nuevos puntos de vista. He prometido solemnemente no volver a discutir con él sobre esos temas (no sé con seguridad si lo cumpla), sobre todo porque me da la impresión de que de entrada me descalifica como alguien que buscará defender la religión (cosa que me tiene sin cuidado). Al modo en que lo hace Saramago, M niega la existencia de Dios, pero al mismo tiempo arremete contra el texto bíblico a partir de la más plena y absoluta literalidad.
Un ejemplo burdo: supongamos que yo arremetiera constantemente contra lo estúpidos que fueron los griegos al creer que Zeus arrojaba rayos al mundo, cuando en realidad sabemos que se trata de un fenómeno de la naturaleza. Obviamente, el único errado seré yo, por tomar como literal aquello que no lo es y criticarlo desde ahí, aspecto que primero doy por sentado para demostrar lo estúpido que resulta. Este procedimiento de crítica del fenómeno religioso —no sólo a la tradición judeocristiana sino de toda religiosidad— es un juego de niños. Nadie que se dedique a los textos religiosos, desde el pensamiento filosófico y sin objetivos teológicos, puede hacer el intento de sostener que dichos relatos son verdaderos en su más plena literalidad.
Ahora bien, alguien puede afirmar que las mismas instituciones religiosas que buscan tener el control sobre los creyentes realizan una lectura literal para someter y dominar a los fieles. Cierto, esto es innegable y me parece apremiante criticar y cambiar. No obstante, si la molestia va por ahí, se debe aprender a distinguir: la crítica debe encaminarse a las interpretaciones, que siempre anteceden a todo uso, de los textos. Pues, en vez de dirigirse a criticar dichas interpretaciones y malos usos, arremeten contra un supuesto Dios que, de entrada, ya negaron su existencia. Sería tan absurdo e infantil como sostener que Santa Claus no existe para después quejamos de que no nos trae regalos.
Nunca me han gustado las tesis que quieren encontrar en todo una supuesta proyección de los conflictos del individuo que realiza una crítica. Sin embargo, debo admitir que las críticas viscerales que he observado en más de un denominado “irreligioso” o “ateo”, sólo me conducen a reconocer en ellos una fuerte decepción religiosa, un conflicto personal que no logran resolver y que les hace atacar desde el más puro sentido común el imaginario religioso. El verdadero ateo no debería pelear contra un Dios que de entrada no existe, sino contra las instituciones que sostienen interpretaciones malversadas con base en una serie de textos que permiten una infinidad de interpretaciones (tanto buenas como malas).
Saramago me observa y cuestiona:
"¿Y quién se cree usted para andar criticando mi obra?"