El viernes 9 de octubre nos enteramos que el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Barack Obama, ganó el Premio Nobel de la Paz. Cuando el presidente norteamericano se enteró dijo estar “tanto sorprendido como profundamente honrado”. He de confesar que yo mismo me sorprendí, (seguro mucho más que el mismo Obama) llegando al grado de la estupefacción y de que me tuvieran que repetir tres veces el nombre “Obama” para estar seguro de quién era el supuesto “ganador”.
Pues bien, la pregunta es: ¿cómo no va a estar sorprendido el mismo Obama o cualquier otro? Si lo único que ha hecho hasta ahora el presidente norteamericano ha sido mantener una retórica coherente, dar bellos discursos y hacer una lista de promesas y buenos deseos. El problema, evidentemente, es que las buenas intenciones no han ido de la mano con las acciones.
A los hechos me remito:
1) Una de las primeras promesas del mandatario fue cerrar la base estadounidense de Guantánamo –en un supuesto plazo no mayor a un año– situación que le favoreció en la contienda electoral. No obstante, todo se quedó en ese "supuesto" y actualmente la base se encuentra en “rehabilitación” (¿de qué la rehabilitan?). Por supuesto que, como en todo buen país que se jacte de tener diferentes cuerpos u organismos, se dice que la culpa no es del presidente de las buenas intenciones, sino del Congreso que decidió no cerrar la prisión.
2) Luego, está el problema de la tortura. De la “ingenuidad” de Obama surgió la frase: “Hoy aquí, como presidente de EE.UU. puedo decir sin excepción o equivocación que no torturamos”. Entonces ¿qué pasó en Abu Gharaib? ¿Un montón de soldados ociosos decidieron encontrar en qué ocupar el tiempo libre? Por supuesto, el presidente de las buenas intenciones solicita “mirar hacia el futuro”, decide no difundir las fotos de dichas torturas para no manchar el honor del ejército (pese a que en Internet hay cientos de fotos de las torturas cometidas) y determina no tomar represalias contra su antecesor, al mismo tiempo que impide toda investigación externa en torno al tema (es claro, los platos sucios se lavan en casa). Y aquí es cuando debería escucharse la vieja frase: ni perdón, ni olvido.
3) La retirada de las tropas norteamericanas instaladas en Afganistán e Irak también se quedó a nivel de promesa. Y es que de la teoría a la praxis hay una revolución de por medio, y parece ser que Obama no es quién se quiera echar el problema encima. De hecho, el presidente ya cambió de opinión y, además de que no recortará el número de tropas, es posible que termine mandando más para atacar a los integrantes de Al Qaeda (¡Oh, es cierto!, todo esto de la guerra empezó por ese grupo de “terroristas” del cual nadie habla ya).
Y a lo anterior podemos agregar la inminente decisión de abrir bases militares en Colombia, las declaraciones ambiguas (y muy retrasadas) en torno al golpe militar que se vive en Honduras y las quejas de Cuba ante un “recrudecimiento” del embargo económico que vive la isla. Ahora bien, no olvidemos que el mentado premio fue entregado en concreto por “sus esfuerzos diplomáticos en el campo del desarme nuclear”. Yo espero, al igual que muchos otros esperan, que Obama efectivamente continúe trabajando por el desarme nuclear... pero también por el desarme de toda arma de destrucción masiva, y que las primeras sean las norteamericanas.
Obama no tiene los méritos suficientes ni necesarios para recibir el premio Nobel de la Paz. No es posible que un hombre con tanto poder político y económico obtenga un reconocimiento simplemente por el buen uso de la retórica y por hacer promesas que nunca se realizan. Las buenas intenciones nunca han sido suficientes para merecer un reconocimiento, sea porque lo entrega una Academia sueca y un Comité noruego o porque lo otorgué la sociedad que, al fin y al cabo, es el único reconocimiento que realmente permanece en la historia y en la memoria. Y si bien es cierto que escribo esto pretendiendo hacer ver mi molestia, lo único bueno que se puede esperar del acontecimiento es que el Nobel (ese ente abstracto) ejerza suficiente presión en el presidente norteamericano como para que pueda -real y efectivamente- poner en marcha alguna de sus tantas buenas intenciones (¿me habré pasado de ingenuo?).







